EL AVARO
El Avaro es una comedia en prosa de Molière en 5 actos. Se estrenó en el teatro del Palais-Royal, el 9 de septiembre 1668. El tema está claramente inspirado en La olla de Plauto.
En una vieja mansión se desarrolla la historia de Harpagón, un avaro miserable, y su familia. La hija de Harpagón, Elisa, está enamorada de Valerio, un joven de sangre noble separado de su familia que trabaja como sirviente en la casa del avaro. El hijo de Harpagón, Cleanto, también está enamorado y le ha dado su corazón a Mariana, una joven pobre que vive con su madre. Cleanto y Mariana deciden confesarle a Harpagón acerca de su compromiso, pero mientras lo están decidiendo, Harpagón les revela sus propios planes. Que ha tomado la iniciativa de casarse con una joven campesina, que resulta ser Mariana, y que ha aceptado otorgarle la mano de Elisa a un caballero mayor pero rico llamado Anselmo. Aquí es donde surge todo el conflicto y el nudo de la obra, en la cual reina la confusión hasta que el destino interviene para reunir a la familia y a los amantes.
Me ha gustado mucho cómo estaba representada la obra, de una manera muy ágil y preparada. Una característica que podía observarse en el vestuario y maquillaje de los actores era que todos y cada uno de ellos llevaban la cara pintada de blanco. La actriz que hacía de Elisa nos explicó que era para darle más efectismo a la obra, si bien a ella no le gustaba demasiado por aquello de que limitaba la capacidad expresiva gestual. Lo que supongo más llamó la atención (a mi por lo menos) fue el método que usaron para recrear los escenarios, con tres muros móviles y un gran número de espejos, en vez de hacerlo de una manera más tradicional. Se gana tiempo y, no sé, a mi me gustó bastante.
Cabe destacar la actuación de Juan Luis Galiardo en el papel de Harpagón, con una genial interpretación. También es el principal productor de la obra, y creo que hizo bien a la hora de escoger esta obra para representarla, sobre todo en estos momentos, y con estos momentos me refiero a nuestra sociedad y a los valores (o más bien no-valores) sobre los que vivimos. Porque, desgraciadamente, este mundo está lleno de “harpagones”, lo queramos o no.
Reyes Torrubia